Que siga el entierro
Por: Hernando Sanabria Fernández · Santa Cruz - Vallegrande
El Cuento
Después de la muerte de sus padres comenzó a vender poco a poco todo lo que tenía. Primero vendió sus animales, luego sus herramientas y finalmente hasta los muebles de su casa. Cuando ya no le quedó nada y el hambre empezó a hacerlo sufrir, los vecinos le aconsejaron que buscara trabajo, pero él siempre respondía que prefería morirse antes que cansarse trabajando.
Cansados de escucharlo, algunos hombres del pueblo decidieron darle una lección. Prepararon un cajón de entierro y lo acostaron dentro como si realmente fuera un difunto. Después comenzaron a llevarlo rumbo al cementerio mientras varias personas caminaban detrás riéndose de la situación.
En el camino se encontraron con un campesino que cargaba un saco de trigo. Al enterarse de lo que pasaba, sintió pena por el hombre y dijo:
—No lo entierren todavía. Yo puedo regalarle trigo para que tenga qué comer.
Entonces el flojo, desde dentro del cajón, levantó un poco la cabeza y preguntó:
—¿Y el trigo ya está lavado?
El campesino respondió:
—No, todavía hay que lavarlo y prepararlo.
Al escuchar eso, el hombre volvió a acostarse y gritó con toda tranquilidad:
—¡Entonces que siga el entierro!
Los presentes soltaron una gran carcajada y desde entonces este cuento quedó como ejemplo de la flojera extrema entre las historias populares de Vallegrande.
Información
- Autor/Narrador: Hernando Sanabria Fernández
- Origen: Santa Cruz - Vallegrande
- Categoría: Cuento Popular